De la teoría de la novela a la teoría de la minificción

Lauro Zavala
UAMX, México

Como una contribución para construir una semiótica de la minificción, a continuación propongo establecer algunas correlaciones con las teorías de la novela y del cuento, lo cual permite precisar las características del lector implícito en los textos de este género, dentro y fuera de la literatura.


Aproximaciones teóricas de carácter sincrónico
En El giro semiótico, el conocido trabajo de Paolo Frabbri sobre el estatuto teórico de la disciplina, el autor propone distinguir cuatro niveles de abstracción: la filosofía, en la que se propone una reflexión epistemológica general; la teoría, donde se establecen los supuestos específicos que distinguen al objeto de estudio; la metodología, donde se construye el objeto y se señalan las estrategias pertinentes para su estudio, y el análisis, donde se utilizan las herramientas específicas para la exploración de casos particulares.
En otros espacios he explorado los métodos y las categorías para el análisis de la minificción. En las líneas que siguen me detendré en el examen de las características que distinguen a la teoría de la minificción.
En la historia de la literatura, el camino que va de la teoría al análisis y del análisis a la teoría no siempre ha sido el mismo en todas las tradiciones. Para ubicar el lugar que ocupa la teoría de la minificción, que es el género más reciente de la historia literaria, es conveniente observar cuál ha sido el desarrollo de los géneros más próximos, y así reconocer su diferencia específica. Veamos entonces cuál ha sido el desarrollo de la teoría de la novela y la teoría del cuento.
La teoría de la novela se ha desarrollado principalmente como parte de la tradición académica europea (especialmente en Francia, Alemania e Inglaterra), de tal manera que se ha construido a partir del estudio de los textos canónicos de la narrativa extensa, desde la antigüedad clásica (digamos, la Ilíada y la Odisea) hasta la novela moderna y posmoderna (digamos, del Quijote y Ulysses a Cien años de soledad y El nombre de la rosa). Este camino, que va de los textos a la teoría, ha permitido proponer categorías de análisis como flujo de conciencia, personaje redondo, metaficción y polifonía, que así son considerados como otras tantas estrategias para saber cómo leer una novela. Esta historia está centrada en el estudio de los autores, el establecimiento de un canon y la articulación entre la historia del género y el correspondiente contexto social. El estudio de la novela ha sido parte de una discusión de naturaleza estética y moral, y ha sido practicado como un fin en sí mismo.
El canon textual de la novela ha sido establecido por los estudios igualmente canónicos de Erich Auerbach (Mimesis), Mijaíl Bajtín (Teoría de la novela), Edward M. Forster (Aspectos de la novela), Wayne Booth (Retórica de la ficción) o R. Bourneuf y R. Ouellet (La novela). Pero se debe reconocer que casi todas las categorías estudiadas en estos trabajos son aplicables al estudio del cuento y la minificción, como cuando se habla de una novelización del cuento (ahí donde encontramos cuentos polifónicos, metaficcionales, con personajes redondos o flujo de conciencia). Esto también ocurre cuando se lee un fragmento de novela como una unidad textual autónoma, produciendo lo que Omar Calabrese ha llamado un fractal, ahí donde toda novela unitaria puede ser leída como novela fragmentaria. Y también es necesario señalar la existencia de numerosas novelas que pueden ser leídas como una serie de minificciones, como Pedro Páramo y La feria o como una serie de minicuentos, como Cartucho y La importancia de llamarse Daniel Santos.
Por otro lado, gran parte de la teoría del cuento se ha desarrollado en la tradición académica anglosajona e hispanoamericana (especialmente en Argentina, España, Irlanda y Estados Unidos), y se ha construido a partir de dos necesidades externas a la naturaleza misma del género, que han sido la organización de talleres de creación literaria y la preparación de antologías con fines didácticos, formativos o incluso terapéuticos. Por lo tanto, el estudio del cuento no ha sido nunca un fin en sí mismo, sino que ha tenido un carácter transitivo. En particular, el cuento es un género que se presta para la elaboración de antologías temáticas, en las que cada texto suele estar acompañado por diversos ejercicios que el estudiante debe realizar para reconocer aquello que no siempre es evidente en una lectura literal. Nos encontramos aquí ante lo que la gramatología ha llamado una metafísica de la presencia. Desde esta perspectiva, todo cuento contiene un subtexto implícito que es producto de una estrategia de seducción o de poder que el autor ejerce sobre sus lectores. El cuento se revela entonces como un palimpsesto que puede recibir más de una interpretación válida. Un caso paradigmático es “La carta robada” de Edgar Allan Poe, que ha recibido interminables interpretaciones en la tradición psicoanalítica, desde la lectura de María Bonaparte (discípula de Freud) hasta el Seminario que le dedicó Jacques Lacan, y los ensayos exegéticos de Jacques Derrida y los teóricos de la estética de la recepción, como Ross Chambers y Norman Holland.
La teoría del cuento se ha construido a partir del análisis simultáneo de casos individuales, reconociendo una diversidad que hace casi imposible la creación de una teoría universal. Se han propuesto categorías específicas para estudiar el cuento literario, como narrador irónico, espacialización del tiempo, historia secundaria y final epifánico, teniendo como objetivo central el estudio sobre cómo escribir cuentos. Por esta razón, mientras los estudios generales sobre la narrativa literaria se identifican con la teoría de la novela, en cambio se ha llamado teoría del cuento al conjunto de poéticas personales de creación. Así tenemos trabajos canónicos como The Short Story, de Sean O’Faolain (en Irlanda, 1954), América en la encrucijada de mito y razón, de Lida Aronne Amestoy (Argentina, 1976), Towards the End, de John Gerlach (E.U., 1984), En torno al cuento, de Gabriela Mora (España, 1985), Elementos para una semiótica del cuento, de Catharina de Vallejo (Perú – Miami, 1992), y numerosos volúmenes colectivos sobre la experiencia de escritura, como Así se escribe un cuento, de Mempo Giardinelli (Argentina, 1992), En torno al cuento, de Carlos Pacheco y Carlos Barrera Linares (Venezuela, 1993) y la serie de 4 volúmenes, Teorías del cuento, de Lauro Zavala (México, 1993 a 1998).
Por su parte, la teoría de la minificción se ha desarrollado en diversos países de la región iberoamericana (especialmente en Argentina, Colombia, España, México y Venezuela) para así construir lo que se podría llamar una teoría de nivel medio. Esta teoría, similar a la que se está construyendo en la teoría del cine a partir de las últimas dos décadas, consiste en construir, de manera simultánea, reflexiones de carácter general y modelos para el análisis de textos. Trabajos como El microrrelato: Teoría e historia, de David Lagmanovich (España-Argentina, 2006), El microrrelato hispanoamericano, de Guillermo Siles (Argentina, 2008), Soplando vidrio, de Fernando Valls (España, 2008), La minificción bajo el microscopio, de Lauro Zavala (México, 2006) y el Breve manual para reconocer minicuentos, de Violeta Rojo (Venezuela, 1998) han propuesto categorías útiles para la escritura, la lectura y la relectura irónica de las minificciones. Estas categorías son, entre otras: inicio anafórico, elipsis narrativa, metonimización espacial, ironía inestable, fractalidad, serialidad, intertextualidad irónica, hibridación genérica y final catafórico.
Estas categorías de análisis no sólo tienen como objetivo enseñar cómo leer o cómo escribir textos de minificción, sino que señalan algo más importante, que es la necesidad de que ante ellos los procesos de lectura se convierten en otra cosa: la lectura es ya una forma de escritura, y cada lectura requiere una relectura. Los textos de minificción no sólo han de ser leídos, sino que exigen ser releídos, casi siempre de manera irónica. Por eso raramente se inician por el comienzo narrativo, y raramente terminan con el final de la historia (si es que hay una historia).